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La historia nunca contada de cómo la movida madrileña conquistó las Torres Blancas

(Fuente: El Confidencial. Publicado el 30 de marzo de 2023) Santiago Auserón filosofando entre muros curvos de hormigón y pavés. Alaska disfrutando de una piscina con la ciudad a sus pies. Almodóvar provocando a los vecinos de unos de los edificios más señoriales de la capital. Bienvenido, querido lector, a la historia inédita de cómo la movida conquistó las espectaculares Torres Blancas de Sáenz de Oiza.

La relación entre el icono de la arquitectura organicista y la revolución contracultural posfranquista me la reveló hace pocas semanas Jesús Rodríguez Lenin, veterano de la revista Rockdelux y pope editorial de la industria musical y teatral. Jesús Ordovás, impulsor de infinidad de grupos desde los micrófonos de Radio 3 y también desde Rockdelux, no tardó en confirmarme este capítulo nunca antes contado.

Nos situamos. Son los primeros años 80 y el Madrid de Tierno Galván bulle. La “nueva ola” underground que ha germinado en colectivos como La Cochu (Laboratorios Colectivos Chueca, con Salvador Bustamante), se ha hecho masiva y ahora inunda las calles. En ese momento, la reconocida manager Paz Tejedor decide que la ‘ciudad jardín’ de Torres Blancas, en el barrio de Prosperidad, sea no solo el lugar donde vive, sino su oficina de representación. Allí abre la exitosa agencia Party -luego, Animal Tour-, desde la que ella y Flor Madrid conducirán magistralmente las carreras de Radio Futura, Siniestro Total o Seguridad Social, entre otros grupos de referencia.

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La relación entre los artistas y el edificio arranca aquí. “Ibas a Torres Blancas, que impresionaba por sus formas, y llamabas a la puerta de Paz. Al entrar tenías que bajar unas escaleras para llegar hasta a la recepción. Era una especie de loft donde te encontrabas a todo tipo de gente”, recuerda Lenin. “En Party entrevisté a los Radio Futura, a Danza Invisible y a otros muchos. ¡Lo mejor es que tenía vistas a Rock-Ola, que estaba justo enfrente!”, añade Jesús Ordovás.

En efecto, el letrero de Rock-Ola, en el número 5 de la calle Padre Xifré, podía verse desde las terrazas del lado oeste con solo abrir las celosías que el arquitecto Oiza diseñó para proteger las viviendas del sol y proporcionar intimidad a sus vecinos.

Piscina Party

Pero los clientes de Paz Tejedor no disfrutaron solo de los balcones ajardinados. “Los padres de la que luego fue mi mujer vivían en Torres Blancas -confiesa Jesús Rodríguez Lenin-, así que subíamos de vez en cuando a la piscina de la azotea”. “Al caer la tarde y también por la noche te encontrabas allí a Alaska y a Almodóvar charlando, a Carlos Berlanga, a Fabio McNamara, que le encantaba ese sitio, y a otros muchos del mundillo. No eran tanto fiestas, porque en ese edificio no estaba bien visto armar jaleo, pero sí diez o quince personas que, claro, llamaban la atención por su aspecto. Paz los subía y allí se mezclaban, se inspiraban”, rememora Lenin.

Que McNamara y el resto de la movida amasen las veladas de la agencia Party no es casualidad. Con 81 metros de altura y situado en una de las cotas más altas de Madrid, sin edificios adyacentes, Torres Blancas gozaba de una privilegiada piscina con vistas panorámicas a ese Madrid ochentero. El vaso estaba rodeado de suelos de madera. Por ellos caminaban los invitados de Paz Tejedor mientras sorteaban los gigantescos volúmenes coronados por lamas metálicas marrones con las que Oiza disimuló las instalaciones que dan servicio a las viviendas (calefacción, maquinaria de ascensores y hasta el montaplatos del restaurante del edificio que servía a los vecinos más pudientes, un lujo que el arquitecto añadió inspirado por uno de sus viajes a Estados Unidos).

Un tercer testimonio de la relación de los artistas con Torres Blancas es el artículo de la Revista Arquitectura firmado por Cucho Sánchez e ilustrado con imágenes de la azotea y la piscina del edificio, realizadas por Paco Alfaro. El documento, que ensalza el momento en el que “punks, mods, rockers, nuevos románticos, pijos y modernos en general llenaban a diario la sala Rock-Ola”, está guardado en el archivo del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM).

Leyendas que fueron y que no

El hecho de que Party, Rock-Ola y Torres Blancas estuvieran en Prosperidad -que entonces era “las afueras de Madrid”- entierra el mito de que la movida se reducía a Chueca o Malasaña. De hecho, la sala Morasol, el Garaje Hermético -que hoy es un restaurante, pero que mantiene sus cerchas de hormigón con cables de acero- o la casa de Servando Carballar, líder de los tecno-estrafalarios Aviador Dro, también se encontraban allí. Eso por no hablar del Ateneo de Mantuano, al que dedicaremos un capítulo especial, o los antiguos estudios Doublewtronics, donde grabaron sus temas Décima Víctima, Parálisis Permanente, Los Nikis Radio Futura. Así lo narraba en 2019 la periodista y especialista cultural Elena Cabrera en unas interesantísimas rutas musicales que algunos disfrutamos y que el Ayuntamiento bien podría recuperar.

Pero frente al mérito real de ‘la Prospe’, otros lugares han querido darse más importancia de la que la historia les confiere, como por ejemplo el Teatro Barceló, donde triunfó la Sala Pachá. En el decreto oficial que otorgó la categoría de Bien de Interés Cultural al edificio se asegura -literalmente- que fue “uno de los locales más famosos de la noche madrileña y de la ‘movida’ apoyada por Tierno Galván”. Borja de Diego, estudioso de esta época y poseedor de libros históricos que ya quisiera para sí el propio Almodóvar -como el oscarizado director le confesó en una ocasión- lo refuta extrañado: “No he leído nunca nada parecido”.

Y no porque el Teatro Barceló carezca de importancia. El edificio diseñado por Luis Gutiérrez Soto es para cualquier arquitecto un gran ejemplo del racionalismo madrileño por su reconocible entrada en chaflán rematada en torreón, su impresionante volumetría y los cuerpos laterales volados.

Sin embargo, su papel en la movida no fue tal y así lo confirmaron las palabras de Marilé Zaera, la relaciones públicas de aquel Pachá, a Vanitatis: aquella sala tenía más de patrimonio de la beauty people apellidada BorbónSartorius, Delon, Jagger Prince que de los Glutamato y Almodóvar, por mucho que estos últimos se dejasen ver por allí ocasionalmente.

La subcultura, el cosmopolitismo, la disrupción y el desenfreno, asegura Borja de Diego, estaban cerca, pero no en Pachá: “Las cosas ocurrían en Casa Costus, en el número 14 de la calle de la Palma. Allí vivían y tenían su taller la pareja de pintores Juan Carrero y Enrique Naya, alias las Costus, apócope de ‘las costureras’, como les pusieron sus amigos cariñosamente”.

“A ese piso iban Tino Casal, Alaska, Almodóvar, Bibiana Fernández o McNamara a hablar, a beber, a drogarse, a inspirarse, a poner flamenco, que es un patrimonio de la Humanidad, y a escuchar a Lola Flores y a Rocío Jurado. De ese piso salieron canciones, guiones, escenas de cine, cuadros y mucho más”, recala De Diego.

Entre esas creaciones destacan escenas del filme Pepi, Luci y Bom de Almodóvar, por ejemplo, o los cuadros que pintaban Carrero y Naya, autores de una serie de obras de colores flúor que representaban a Tino Casal con una bandera ante el Valle de los Caídos o a Bibiana Fernández como la Virgen del Carmen.

Nada queda hoy del epicentro creativo que allí se creó, pues ni una placa en la fachada recuerda que aquello fue la casa de las Costus y que la movida tuvo allí un capítulo fundamental de su historia. Otro, como el que hoy te hemos descubierto, querido lector de Caminemos Madrid, en las espléndidas Torres Blancas de Madrid.

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