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Yeisen Sepúlveda: Un negocio fantasma y los secretos que esconde en Norte de Santander

Yeisen Sepúlveda: Un negocio fantasma y los secretos que esconde en Norte de Santander

Por Karem Galvez

La biografía de Yeisen Alisandre Sepúlveda, un colombiano de 35 años, desborda con creces los márgenes de una simple paternidad irresponsable. Si bien su historial personal dibuja a un hombre que, hace más de una década, se negó a reconocer a una hija nacida de una relación fugaz —mientras sostenía un noviazgo formal con otra mujer con quien también procreó—, este episodio doméstico es apenas la punta del iceberg. En las profundidades de su historial, Sepúlveda oculta un complejo laberinto de vidas paralelas que, hasta hace poco, habían logrado evadir la vigilancia de las autoridades colombianas.

Podría afirmarse que Sepúlveda ha tejido una existencia tríadica en la última década, moviéndose camaleónicamente entre roles contradictorios que oscilan entre la supuesta vulnerabilidad rural y una sospechosa prosperidad comercial.

Los dos lados de la crisis humanitaria en el Catatumbo

La primera de sus vidas se ancla en sus raíces: Tibú. Este municipio de la región del Catatumbo, fronterizo con el estado venezolano de Zulia, ha sido históricamente un escenario agreste, sometido a la ley impuesta por actores armados como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL o «Los Pelusos»), las disidencias de las FARC y diversas bandas criminales y narcotraficantes. Para el Estado, en esta faceta, Sepúlveda figura como un campesino de escasos recursos, usuario legítimo de la protección sanitaria y asistencia social pública.

Sin embargo, el contexto en su tierra natal ha sido explosivo. Desde principios de 2025, Tibú se transformó en el teatro de una sangrienta disputa territorial tras una ofensiva del ELN para expulsar a las disidencias del Frente 33 de las FARC y a la Fuerza Pública. Esta guerra desencadenó una ola de violencia que incluyó retenes ilegales, invasión de fincas, destrucción de inmuebles y asesinatos selectivos de quienes desobedecían las órdenes de los insurgentes.

Es en este escenario donde la familia de Sepúlveda alega haber sido víctima. A pesar de que algunos de sus parientes mantienen domicilio en barrios de Cúcuta, han interpuesto una demanda contra el Estado exigiendo una indemnización. Los reclamantes argumentan una “falla del servicio por omisión”, señalando que la Defensoría del Pueblo había emitido una alerta temprana en noviembre de 2024 que fue ignorada o atendida insuficientemente, lo que derivó en el desplazamiento de más de 30.000 pobladores. La cifra exigida en la demanda colectiva es astronómica: Una sola pariente de Sepúlveda reclama alrededor de 700 millones de pesos colombianos, suma equivalente a unos 190.000 dólares americanos, por los daños sufridos en el conflicto.

La ferretería fantasma y las coincidencias peligrosas

Lejos de las vicisitudes de la guerra en el campo, Sepúlveda ha construido una segunda identidad en el área metropolitana de Cúcuta. Allí, la máscara de campesino vulnerable cae para dar paso a la de un próspero comerciante. En una zona residencial al sur de la ciudad, ostenta la propiedad de una ferretería que, según los indicios, opera como una entidad fantasma, supuestamente generadora de empleo.

Este negocio le ha permitido, durante más de tres años, justificar movimientos bancarios por decenas de millones de pesos anuales y evadir obligaciones fiscales. Lo más inquietante de esta faceta no es solo la presunta evasión, sino las sombras que se ciernen sobre su entorno: ciertos nexos familiares, sus orígenes geográficos y su radio de acción han coincidido en tiempo y espacio con los de una organización narcotraficante que, hace unos años, sufrió un duro golpe por parte de las autoridades. Estas coincidencias levantan sospechas sobre si la ferretería sirve para legitimar capitales provenientes de estructuras criminales que operan en la misma zona de influencia.

La contradicción del asalariado

Como si dos vidas no fuesen suficientes, existe una tercera realidad que choca frontalmente con su fachada de empresario independiente en la capital de Norte de Santander. Esta tercera vida transcurre en Bucaramanga, donde Yeisen Alisandre figura simplemente como un empleado asalariado. Este último rol completa el cuadro de una existencia fragmentada, diseñada meticulosamente para despistar, lucrar y manipular el sistema desde múltiples frentes, mientras se agudizan las dudas  sobre quién es realmente Yeisen Sepúlveda.

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