Roy Barreras le habla al país desde un tiempo que ya no existe y en un leguaje que la Colombia actual no entiende. Es una mole antigua, de pasos lentos y pesados, piel áspera como piedra vieja, mirada fría; una criatura enorme, condenada por su incapacidad de adaptarse al mundo de hoy.
Su retórica ampulosa está cargada de adjetivos solemnes y frases largas que no aterrizan sino que se quedan atrapadas en las ramas. Pertenece a una época en la que el poder se ejercía desde la caverna, el manzanillismo, el lentejismo. No pudo llegar a la era actual de la evolución del mundo; se quedó varado en la mesozaica, la de los dinosaurios que nos enseñó en segundo de primaria el profesor Ramírez.
Su lenguaje presume profundidad, pero evita el conflicto, un estilo antiquísimo, caracterizado por su incapacidad para adaptarse.
Simula grandeza en un país exhausto de promesas infladas, ese tono ya no persuade. Colombia cambió. Petro la despertó y en el mundo de los dinosaurios no se han dado cuenta todavía.
Roy Barreras no es una anomalía aislada, sino el sobreviviente de una estirpe de grandes bestias que peleaban de forma brutal, estrellando la fuerza de sus cuerpos, sin emitir palabra.
Su discurso remite a la política como ceremonia verbal, como un ejercicio de oratoria para la autosatisfacción. Para preguntarle a la esposa en la noche: “¿Qué tal estuve?”
En él resuenan los ecos de Jaime Gerlein, que murió dormido en su curul, en la que estuvo sentado 60 años; Alberto Santofimio, que hablaba como un río turbio, ruidoso y sin fondo, hasta cuando cayó preso, o Raymundo Emiliani Román (Argentinosaurus huinculensis, el más grande de todos los dinosaurios conocidos), que vociferaba desde una altura imaginaria y fingía ser una deidad; experto en componendas, hábil en decir sin comprometerse.
También asoma en Roy la herencia de Carlos Lleras Restrepo o Laureano Gómez, pregoneros de plaza pública: voces engoladas, gestos teatrales y palabras infladas; mucha patria, mucho destino, mucho sacrificio; poca cifra, poca explicación, poca realidad. Retóricas de trueno con ideas de cartón.
Ese estilo no solo envejeció sin que, además, es repudiado. Colombia cambió, doctor Barreras, mientras la derecha, su derecha comemierda, pregunta que dónde está el cambio. Este país se cansó de la política como truco retórico y pacto de élites. El país real —el que vive fuera del Capitolio y lejos de los micrófonos de las dobles blus y las dobleus— dejó de creer en los discursos sin consecuencias. La retórica vacía de Roy perdió su aura cuando quedó claro que detrás de ella se ocultaban arreglos, silencios y una corrupción normalizada como método de gobierno.
Un dinosaurio que, viéndolo bien, no cayó por viejo, sino por inútil.
La irrupción de Gustavo Petro no creó ese cansancio sino que lo hizo ver y entender. Petro despertó a un país que ya estaba hastiado de ese pasado y le dio lenguaje y coraje. Más allá de afinidades o críticas, marcó un quiebre: la política dejó de ser un ejercicio de supuesta elegancia verbal para convertirse en una disputa abierta y clara por el sentido del poder. Hoy, señor Roy Barreras, hablar sin decir, prometer sin decidir y adornar sin actuar es visto por los colombianos que votan— y ganan— como un vicio asqueroso.
En este nuevo escenario, Roy Barreras es una figura desplazada en el tiempo, que no vio el cambio. Se quedó dormido antes de la curva y se cayó en el fondo del barranco. Su discurso, buscando la solemnidad, ya no sirve para sobrevivir. Colombia ya no los oye a ustedes con reverencia sino con ira y mucha sospecha. Fíjese usted que en donde aparece su exjefe Uribe Vélez cargando con su arremuesco del momento, el país le grita “paraco hijueputa, paraco hijueputa”.
El telón ya cayó. Sin aplausos y Roy Barreras se quedó detrás de él.
Roy Barreras fue el último dinosaurio por el que no hay ni nostalgia. Un político formado con todas las viejas mañas para engañar a un país que ya no existe, que decidió dejar de creerles a los que confunden verborrea con poder.
Roy Barreras perdió conexión con la realidad. Es un fósil.

