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La transición que no empieza donde se quiere por Gonzalo Guillén

El análisis compartido por Gonzalo Guillén propone una lectura fría —y por eso incómoda— de la coyuntura venezolana: las transiciones políticas no arrancan con elecciones ni con figuras populares, sino con el control del caos. Antes de la legitimidad viene la gobernabilidad básica, y antes de la democracia, la capacidad de evitar que el país colapse.

Desde esta lógica, la permanencia de Delcy Rodríguez no se explicaría por afinidad ideológica ni simpatía internacional, sino por utilidad. Representa continuidad administrativa, un canal directo con el poder duro (militares, inteligencia, colectivos) y la capacidad de ejecutar decisiones inmediatas. Para actores externos, especialmente Estados Unidos, eso resulta clave en una fase inicial de transición donde lo prioritario es que el Estado siga funcionando.

En contraste, María Corina Machado aparece como una figura con fuerte legitimidad simbólica y popular, pero sin control efectivo sobre armas, territorio o logística. En ese escenario, incorporarla de inmediato no solo no garantiza estabilidad, sino que podría bloquear cualquier negociación con el chavismo duro, que la percibe como una amenaza existencial. Edmundo González, por su parte, es visto como un símbolo electoral o de consenso civil, útil más adelante, pero no como operador de poder en una etapa de crisis.

El texto plantea que las transiciones suelen pasar por fases: primero el control de la violencia, luego el reacomodo del poder con actores “aceptables” y, solo al final, la legitimación democrática mediante elecciones limpias. El error emocional —frecuente— es creer que la caída de un líder autoritario implica automáticamente que “mandan los buenos”. En realidad, primero mandan quienes pueden evitar que el país se queme, aunque sean igual o más corruptos.

Si la transición avanza, María Corina Machado podría no ser la negociadora inicial, pero sí la figura que legitime y capitalice políticamente el proceso más adelante. La conclusión es amarga pero realista: la historia nunca empieza donde uno quiere, sino donde puede.

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