
Con un vocabulario que hasta hace poco pertenecía al adversario, la funcionaria convirtió la tribuna de Naciones Unidas en un ejercicio de sustitución narrativa: el único villano con nombre es Nicolás Maduro, mientras ella se proyecta como la líder de transición que rescata instituciones y devuelve la esperanza a los venezolanos.
Redacción: La Tabla / Plataforma de Periodismo de Datos. 24 SEP 2026
Delcy Rodríguez subió al podio de la Asamblea General con un discurso diseñado para que el auditorio olvidara quién era antes de subir. No fue un balance de gestión. Fue un borrado quirúrgico: la construcción de una heroína sin pasado, una líder de transición que llega a restaurar instituciones que ella misma contribuyó a desplazar durante más de una década. El mecanismo: sustituir el relato propio por el del adversario, colocar a Nicolás Maduro como el villano saliente y presentarse como la única garantía de un “renacer” que no menciona cómo comenzó.
El primer movimiento es la omisión deliberada de su propia trayectoria. Rodríguez no fue una funcionaria marginal. Fue ministra de Comunicación e Información entre 2013 y 2014. Luego, como canciller entre diciembre de 2014 y junio de 2017, no solo condujo la diplomacia venezolana: simultáneamente ejerció como directora de PDVSA y estuvo a cargo de las relaciones internacionales de la petrolera, con autoridad sobre activos fuera del país, incluida Citgo. En 2017 fue presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente y desde esa posición gestionó procesos como la liberación de presos políticos. Con la reelección de Maduro en mayo de 2018, asumió la Vicepresidencia Ejecutiva el 14 de junio de 2018 y, al mismo tiempo, el control de la gestión económica como ministra de Finanzas, con autoridad sobre la política monetaria, cambiaria y comercial. La política como operación de la cotidianidad estaba a su cargo. Sin embargo, en su discurso ante la ONU, ninguno de esos cargos aparece con su correspondiente cuota de responsabilidad. La crisis, en su relato, fue un fenómeno atmosférico: “durante demasiado tiempo fuimos un país dividido”, “un bloqueo económico que impactó el modelo”, “el extremismo se impuso sobre la convivencia”. Pasivos reflexivos que borran a los sujetos y, con ellos, a los responsables.
El segundo movimiento es la apropiación del lenguaje ajeno. Rodríguez toma conceptos que durante años articuló la oposición venezolana y los reordena en su beneficio: “seguridad jurídica”, “reforma de la justicia impostergable”, “transición democrática”, “competencia justa”, “reconciliación nacional”, “elecciones libres” y el retorno de los jóvenes que tuvieron que “huir”. Las contradicciones internas son estructurales: denuncia el “poder arbitrario” y exige reformar la justicia, sin asumir el origen institucional de esa arbitrariedad. Critica las restricciones económicas internacionales, pero celebra como hito principal un “acuerdo binacional Estados Unidos-Venezuela como uno de los más grandes jamás suscrito” para la estabilidad energética. Denuncia el bloqueo y se ufana del acuerdo con quien lo aplica. Afirma que la democracia se mide por la “calidad de la competencia”, pero condiciona el proceso electoral a que “el pueblo, con su sabiduría, determinará el momento correcto” a través de “sus instituciones”. Traducción: el poder decide cuándo se vota.
El tercer movimiento es la catástrofe como metáfora. El doble terremoto del 24 de junio, que dejó más de 6.500 muertos, se convierte en el motor narrativo y el único catalizador de los cambios. Apenas tres meses después, el sismo físico se enlaza constantemente con la ruina política y económica. Es una analogía eficaz: permite hablar de “escombros” y “reconstrucción” sin calificar la responsabilidad humana e institucional en el colapso. Los terremotos no tienen culpables; los gobiernos, sí. Al equiparar ambos, Rodríguez disuelve la culpa en la geología. La naturaleza hizo lo suyo; ella solo viene a reconstruir.
El cuarto movimiento es el relato migratorio como anclaje internacional. A falta de un conflicto bélico convencional y de una crisis humanitaria causada directamente por una guerra, la imagen de familias caminando por la selva del Darién o en embarcaciones hacia las islas del Caribe llenó ese vacío. Ese éxodo, con más de 7,9 millones de venezolanos fuera del país, ha sido esencial para triunfos electorales en Chile, Perú, Ecuador y hasta Colombia. Delcy no contradice ese relato: lo valida y lo ratifica. El uso del verbo “huir” confirma la narrativa de la crisis humanitaria compleja que, desde la perspectiva de Trump, se convirtió en la fuente de inseguridad fundamental del continente. A la inseguridad derivada del desplazamiento masivo se suma el tráfico de drogas y las bandas organizadas. Delcy no confronta ese marco: lo adopta como propio, porque es lo que le da sentido a su intervención internacional anclada en el deber de proteger.
El resultado es un artefacto retórico de precisión: un discurso que usa el vocabulario de la transición, las reformas de mercado y las garantías democráticas para posicionar a su autora como una figura neutral de consenso. Pero hay un silencio que lo dice todo. Rodríguez no mencionó ni una sola vez el procedimiento criminal que usaron las fuerzas estadounidenses para capturar y secuestrar a Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, cuando una incursión militar violó la soberanía venezolana para extraerlo por la fuerza. No lo nombró. No condenó el operativo. No exigió su liberación. Si ella está encargada de la presidencia es, precisamente, gracias a ese secuestro. No tendría sentido estar hablando de elecciones o de ruptura del orden si Maduro no estuviera preso en Estados Unidos. Ese silencio no es un olvido: es una validación. Al no mencionar el hecho que la mantiene en el poder, Rodríguez no solo confirma y aprueba la acción que lo mantiene fuera: convierte el secuestro en el fundamento tácito de su legitimidad.
El relato hegemónico global sobre Venezuela ya estaba adulterado. Ahora, con el discurso de Delcy ante la ONU, estamos ante una doble sustitución de relato: primero, el que convirtió a Nicolás Maduro en el villano y a la ofensiva geopolítica contra la Venezuela Bolivariana en crisis humanitaria compleja (para justificar la intervención internacional) y segundo, el que convierte a la principal colaboradora del presidente Maduro en la heroína sin pasado que viene a reconstruir.
La operación tiene un riesgo evidente: el auditorio internacional puede aceptar el relato, pero la memoria no se borra con un discurso. Quienes participaron de la administración del poder durante más de una década no pueden presentarse como recién llegados a una transición política sin que alguien pregunte por qué no la promovieron antes (o si lo estaban haciendo pero no lo sabíamos). La cronología tiene nombres, fechas y responsabilidades que ningún pasivo reflexivo puede disolver. Y el 3 de enero, aunque no se nombre, sigue siendo la fecha que lo explica todo
