Noticias Candela - Informe 25 por Jorge Castro

Su pariente político José Trinidad Márquez es detenido en España por nueva estafa

José Trinidad Márquez (Ilustración)

A plena luz del día y en el acomodado asfalto del distrito madrileño de Chamartín, la dilatada carrera delictiva de un veterano ilusionista de las finanzas llegó a un abrupto y humillante final. A la altura del número 5 de la calle de Bolivia, justo cuando abandonaba lo que él saboreaba ya como una jugosa cumbre de negocios, la Policía Nacional le bajó el telón a José Trinidad Márquez. Este venezolano septuagenario, infamemente bautizado en el submundo del fraude como el ‘Camaleón Criollo’, acababa de interpretar su papel predilecto: el de un intocable y magnánimo CEO de la petrolera estatal mexicana Pemex. Su presa en esta ocasión era la respetable firma de embarcaciones e ingeniería Seaplace, a la cual planeaba desplumar con la nada desdeñable suma de 120.000 euros.

Para orquestar este espejismo corporativo, el depredador de guante blanco no escatimó en el atrezo de su puesta en escena. Entre el 26 y el 28 de agosto, el impostor transformó los lujosos pasillos del Hotel Villamagna, en el corazón del Paseo de la Castellana, en su particular centro de operaciones. Arrastrando una sencilla maleta tipo *trolley* para mimetizarse con el frenesí de los genuinos altos ejecutivos en tránsito, Márquez aparentaba estar alojado en el ostentoso recinto. Su objetivo era deslumbrar a la directiva madrileña con una cuidada escenografía de opulencia, presentándose como el altivo emisario de PMI Holdings Petróleo España, una supuesta filial del gigante azteca, y exhibiendo un aplomo que solo otorgan décadas dedicadas a la mentira.

Una vez que consideró que el anzuelo estaba lo suficientemente clavado en la confianza de sus víctimas, el falso magnate lanzó la tarascada financiera. Reclamó un desembolso fraccionado en seis cómodos pagos de 20.000 euros, escudándose en la imperiosa necesidad de sufragar “gastos operativos” para una alianza empresarial de dimensiones colosales que, sobra decirlo, era pura fantasía. Su arsenal persuasivo incluía una batería de direcciones falsas, correos corporativos amañados y contratos de papel mojado decorados impúdicamente con logotipos de Pemex.

Sin embargo, toda obra maestra de la estafa tiene sus costuras, y las de este farsante reventaron el pasado 31 de agosto. El director de la empresa objetivo, lejos de dejarse hipnotizar ciegamente por las cifras, comenzó a notar grietas alarmantes en el relato. Las sospechas se dispararon ante un incesante goteo de llamadas de dudosa procedencia internacional y, muy particularmente, por la dantesca presencia de un enigmático “director de operaciones”. Este acompañante, que ejercía de oscuro escudero del supuesto CEO, demostraba una fobia casi patológica a mostrar cualquier documento que acreditara su identidad; un desliz imperdonable cuando se negocian tratos de tal envergadura.

Ante el innegable tufo a chamusquina, el empresario alertó a las autoridades. Los investigadores de la comisaría de Chamartín no tardaron en diseccionar la farsa: verificaron la invalidez de los rimbombantes documentos, confirmaron el verdadero y turbio rostro del presunto estafador, y orquestaron el operativo definitivo. Fue así como el 1 de septiembre, nada más cruzar la puerta de la sede de Seaplace, el ‘Camaleón Criollo’ fue interceptado y puesto a disposición judicial, cambiando de un plumazo los sueños de comisiones millonarias por los fríos pasillos de los juzgados.

José Trinidad Márquez (Ilustración)

La desfachatez de este prestidigitador de las altas finanzas parece estar blindada contra cualquier escarmiento legal. Resulta casi insultante que su reciente caída en la capital española ocurriera apenas tres meses después de haber protagonizado un estrepitoso patinazo en las costas de Galicia. El pasado mes de junio, la Guardia Civil le amargó su particular retiro dorado en Sanxenxo (Pontevedra). En tierras norteñas, el timador había montado un circo de proporciones faraónicas: se alojaba a cuerpo de rey junto a su familia en un hotel de lujo y se contoneaba custodiado por presuntos escoltas, destilando el inconfundible halo de un pez gordo intocable. El blanco de su periplo estival era un astillero con sede en Marín y Bueu, al que planeaba asestarle un sablazo de 350.000 euros, hábilmente camuflados bajo el pretexto de “comisiones y tasas” para un negocio inexistente.

Sin embargo, los agentes de Cangas de Morrazo no tardaron en pinchar su burbuja. Al inspeccionar su equipaje, afloró un desvergonzado catálogo de trampas: sellos falsificados de supuestas notarías mexicanas, cuños de la petrolera y documentos de identidad usurpados a un tercero. Fue apresado de inmediato por tentativa de estafa y falsedad documental, pero un juzgado consideró oportuno concederle la libertad con cargos. Un gesto benevolente que el escurridizo venezolano, lejos de tomar como una advertencia para jubilarse, interpretó como un pase VIP para trasladar su gira delictiva a las calles de Madrid.

Este afán por parapetarse tras el membrete de Pemex no es un capricho del azar, sino una audaz estrategia de *rebranding* en su manual del perfecto embaucador. Durante décadas, el as bajo la manga que le abrió las puertas de incontables despachos fue PDVSA, la petrolera estatal de su país de origen. Pero ante la inevitable erosión de su viejo truco, el ‘Camaleón’ decidió mudar de piel y adoptar la identidad de un alto directivo de la corporación azteca. Su descaro alcanzó cuotas superlativas hace un par de años: informes periodísticos han documentado que, en apenas un lapso de dos meses durante 2024, llegó a bombardear a casi una treintena de empresas en España —entre ellas, colosos multinacionales— con irrechazables oportunidades de inversión. Una avalancha de humo que obligó a la verdadera cúpula de Pemex a emitir tajantes comunicados para desvincularse de este francotirador corporativo.

Mientras el septuagenario afronta las consecuencias de sus peripecias de agosto, convenientemente cobijado bajo el tibio manto de la presunción de inocencia, los sabuesos policiales aún tienen un importante rompecabezas que resolver. Queda por auditar a fondo la montaña de contratos falsos y, de manera imperativa, ponerle rostro y nombre al escurridizo “director de operaciones”. Este enigmático secuaz, que actuó como mudo escudero durante las reuniones madrileñas y temblaba ante la idea de mostrar su DNI, ha logrado esfumarse en el aire sin que se reporten nuevas detenciones. Todo un fantasma corporativo que, a diferencia de su veterano maestro, supo abandonar el barco antes del inevitable naufragio.

José Trinidad Márquez (Ilustración)

Para dimensionar verdaderamente el colosal descaro de José Trinidad Márquez, es imperativo sumergirse en las cloacas de un historial delictivo que se prolonga por más de tres décadas. Mucho antes de que se enfundara el traje a medida de Pemex, su pasaporte hacia el expolio corporativo ostentaba los colores de PDVSA, la joya petrolera de su natal Venezuela. Su primer gran resbalón en tierras ibéricas data de 1998, cuando intentó venderle un colosal espejismo a Astilleros Españoles. En aquel entonces, prometió intermediar en la fabricación de 26 buques petroleros, un negocio de ensueño por el que pretendía morder una jugosa tajada de 800.000 euros. Sin embargo, el castillo de naipes se derrumbó a tiempo y el ‘Camaleón’ acabó rumiando su fracaso durante un año y medio a la sombra de una celda caraqueña.

Como era de esperar, las rejas no lograron domesticar su voracidad. En 2009, el ilusionista subió la apuesta y logró engatusar a Dámaso de Lario Ramírez, quien por entonces ejercía como embajador de España en Caracas. Utilizando al diplomático como involuntario abrelatas, se acercó a la gigante de infraestructuras Técnicas Reunidas con el señuelo de levantar una planta termoeléctrica de ciclo combinado valorada en 210 millones de euros. El embaucador ya tenía la vista puesta en una comisión de 1,65 millones, pero la firma española detectó la trampa, no abrió la chequera y lo sentó en el banquillo. La factura le llegó en 2012, cuando la Audiencia Provincial de Madrid lo envió dos años a la prisión de Estremera por estafa y falsedad documental.

Lejos de reformarse, el septuagenario convirtió los gélidos pasillos del penal madrileño en su particular oficina de recursos humanos. Allí conoció a Domingo Galán Macías, un modesto portero y albañil de Móstoles, cuya identidad fagocitó con una sangre fría pasmosa. Armado con este DNI plebeyo, el venezolano volvió a las calles y se incrustó como apoderado en una empresa de hidrocarburos vinculada a Gustavo Eustache, actual diputado del Partido Popular en la Asamblea de Madrid y líder de la Oficina de Nuevos Madrileños. Lejos de ser una pobre víctima de la labia del estafador, el político es, en realidad, pariente de la exmujer de Trinidad Márquez. Aunque Eustache ha ensayado mil y un malabares para lavarse las manos, presentarse como un incauto engañado y limpiar su expediente, las dudas sobre si prestó voluntariamente su estructura empresarial para blindar las fechorías de su familiar político siguen siendo una mancha incómoda en su currículum.

Gustavo Eustache (Ilustración)

Aplastando cualquier límite moral, los golpes más letales del ‘Camaleón’ estaban aún por cristalizar. Bajo la humilde careta de Galán Macías, pero esgrimiendo su ya clásico barniz de directivo de PDVSA, logró infiltrarse en la mismísima médula del Banco Espirito Santo, por entonces el buque insignia de la banca portuguesa. Su misión era dantesca: convencer a la cúpula directiva de avalar una monumental licitación de 3.500 millones de euros que, en teoría, obraría el milagro de salvar a la entidad de la ruina absoluta. El banco terminó por irse a pique en una quiebra histórica, pero el impostor se escabulló hábilmente con 4,5 millones de euros en los bolsillos. En esa misma época dorada, también hizo encallar las finanzas del fallecido Fernando Fernández Tapias; el exvicepresidente del Real Madrid vio cómo se esfumaban 9,5 millones de euros de su naviera en la compra de cinco barcos que jamás tocaron el agua.

Su sed de fraude roza lo insaciable. Apenas hace dos años, monstruos corporativos como Samsung, en el sector naval, y gigantes como Siemens o Elekta, en tecnología médica, figuraron en su lista de presas para proyectos que no pasaban de ser burdas entelequias. Aunque no todos estos audaces intentos terminaron en un desfalco millonario, confirman que el escurridizo venezolano es una fiera incapaz de abandonar la selva de los grandes despachos. Hoy, mientras rinde cuentas ante la justicia española por su último tropiezo en Chamartín, el ‘Camaleón Criollo’ se consagra como una de las leyendas más tóxicas y audaces del expolio internacional; un maestro del teatro cuyas cicatrices seguirán escociendo en el tejido empresarial de medio mundo.


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