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“Inacción radical” de la FANB el 3ENE convirtió a Maduro en el primer caso de un jefe de Estado capturado en su principal cuartel militar – La Tabla Blog

“Inacción radical” de la FANB el 3ENE convirtió a Maduro en el primer caso de un jefe de Estado capturado en su principal cuartel militar – La Tabla Blog

Redacción: La  Tabla/Plataforma de Periodismo de Datos. 24 ABR 2026

Nunca en la historia moderna un jefe de Estado en ejercicio, al frente de sus poderes constitucionales y rodeado por el dispositivo militar más robusto de su país, había sido capturado dentro de su propio cuartel general. El 3 de enero, Nicolás Maduro no fue derrocado por una rebelión interna ni vencido en un campo de batalla convencional.

Fue extraído en plena madrugada desde el perímetro del Fuerte Tiuna, la principal instalación militar de Venezuela, sede del Ministerio de la Defensa, de la Comandancia del Ejército y de batallones de infantería, caballería motorizada y blindados cuyo despliegue debía garantizar su integridad física.

Con todos los recursos humanos, tecnológicos y logísticos a su disposición, y con alertas previas sobre la naturaleza y los métodos de la amenaza, el desenlace no fue producto de una derrota material ni de una imposibilidad operativa. Fue el resultado de una parálisis decisoria sistemática.

Ese vacío estratégico tiene un nombre preciso en la doctrina de seguridad contemporánea: “inacción radical” militar. Y entenderlo es la única vía para explicar cómo un Estado soberano perdió a su comandante en jefe sin activar el sistema de defensa que juró mantener.

¿Qué es la inacción radical militar?
En lenguaje directo, la inacción radical militar no es sinónimo de derrota, colapso logístico, falta de entrenamiento o superioridad enemiga absoluta. Se define como la abstención deliberada o estructurada de un alto mando para ordenar el empleo de capacidades disponibles frente a una amenaza identificada y viable de neutralizar, cuando median condiciones materiales, doctrinales y legales para hacerlo.

A diferencia de la “paciencia estratégica”, que implica preparación activa, vigilancia continua y umbrales claros de respuesta condicionada, la inacción radical se caracteriza por la desconexión entre la alerta recibida, el inventario operativo y la orden de activación.

No es un error táctico aislado ni un fallo de fusil; es una fractura en la voluntad de mando, sostenida por ceguera operativa institucionalizada, rupturas funcionales en la cadena de decisión o priorización de agendas corporativas sobre la defensa inmediata del objetivo político-estratégico. Cuando esta categoría se materializa, el poder militar existe en papel, pero se licúa en la práctica.

El escenario previo: preparación visible vs. parálisis operativa

Desde septiembre del año pasado, la arquitectura defensiva oficial mostró señales de reforzamiento. Se llamó a filas a civiles para integrar y escalar la Milicia Nacional Bolivariana, se aceleraron ciclos de reentrenamiento conjunto y se reportó la adquisición, puesta en marcha y operativización de sistemas de radares y plataformas de lanzamiento de misiles.

Se ejecutaron ejercicios interarmas en regiones militares consideradas vulnerables y se difundieron protocolos de “defensa integral” y “respuesta escalonada”. En teoría, el país contaba con una red de disuasión y reacción coordinada.

Sin embargo, la inacción radical no se mide por lo que se anuncia, sino por lo que se activa en la ventana crítica. Y en la madrugada del 3 de enero, esa transición entre preparación y empleo no se produjo.

La cronología crítica: de la alerta al silencio operativo

Los primeros indicios de la incursión se registraron cerca de las 2:01 a. m. A partir de ese momento, la ventana para una reacción coordinada era estrecha, pero técnicamente viable. Unidades de custodia dentro del perímetro del Fuerte Tiuna respondieron con ametralladoras calibre .50 contra uno de los helicópteros incursores, demostrando que el armamento de dotación regular era funcional y que el personal conocía su empleo ante un ataque directo a la instalación.

No obstante, esa reacción aislada no escaló. No hay registro público de activación de defensas aéreas integradas, de despliegue inmediato de batallones blindados adyacentes, ni de coordinación interarmas para contener la penetración o aislar al grupo de extracción.

La primera comunicación institucional del Ministerio de la Defensa llegó cerca de las 5:14 a. m., más de tres horas después del inicio del operativo. En ese lapso, la extracción se consumó.

La inacción radical no se refleja en la ausencia total de fuego, sino en la falta de activación sistémica, escalonada y dirigida a neutralizar la amenaza en su fase crítica.

Desglose analítico: ¿por qué no se activó lo que sí existía?

Para que el concepto deje de ser abstracto y se ancle a la transacción de hechos, es útil aislar los nodos decisivos que operaron (o dejaron de operar):

1. Inteligencia y filtrado de señales: Se conocían hipótesis de penetración, se había identificado el perfil de la unidad estadounidense (con historial en operaciones anfibias, asaltos a espacios confinados y entrenamientos recientes en Puerto Rico) y se mantenían alertas sobre métodos de infiltración. Sin embargo, la precisión del ataque contra los nodos de custodia y comunicaciones sugiere que la inteligencia táctica no se tradujo en ajustes operativos concretos ni en reubicación de puntos críticos dentro del Fuerte.

2. Disponibilidad vs. autorización: Sistemas antiaéreos portátiles, radares de vigilancia aérea y unidades de caballería motorizada estaban en inventario y, según reportes oficiales, operativos. Su no empleo en la fase inicial indica que la barrera no fue logística ni técnica, sino decisoria. La inacción radical suele manifestarse cuando la capacidad existe, pero la orden de fuego o despliegue requiere validaciones cruzadas que paralizan la respuesta.

3. Fragmentación funcional del mando: El testimonio del custodio sobreviviente sobre la precisión del ataque (“como si tuvieran un mapa”) y la neutralización selectiva de puntos de comunicación refuerza la hipótesis de una ruptura en la cadena de alerta. Cuando los canales de reporte interno no ascienden, o cuando existen instrucciones ambiguas que inhiben la iniciativa táctica, el sistema se vuelve reactivo en lugar de preventivo.

Tres ejes estructurales de la inacción

La categoría se sostiene sobre pilares verificables en cualquier contexto geopolítico:

Ceguera operativa institucionalizada: Normalización de alertas, saturación de informes sin procesamiento táctico y desconexión entre los niveles que perciben la amenaza y el alto mando que debe ordenar la respuesta.
– Ruptura de la cadena de mando funcional: Órdenes imprecisas, miedo a responsabilidad política o legal, y protocolos que sustituyen la iniciativa por la validación burocrática en momentos que exigen velocidad y decisión descentralizada.
Disonancia doctrinal: Preparación centrada en escenarios de movilización masiva o guerra convencional, que deja brechas críticas frente a operaciones de extracción quirúrgica, donde el tiempo, la precisión y la autorización predelegada son determinantes.

Lecciones de otros contextos y por qué este análisis importa

La inacción radical no es un fenómeno aislado ni un invento analítico. Aparece en registros históricos y contemporáneos cuando estructuras militares sobredimensionadas enfrentan amenazas asimétricas o cuando la interfaz político-militar prioriza la contención institucional sobre la defensa inmediata del activo estratégico. En cada caso, el patrón es similar: capacidad disponible, amenaza identificada, pero ausencia de activación coordinada en la ventana crítica.

La diferencia entre la disuasión exitosa y el colapso estratégico no siempre radica en el poder de fuego, sino en la claridad de los umbrales de respuesta y en la voluntad de empleo. Cuando esos umbrales se diluyen, la inacción deja de ser “prudencia” y se convierte en un factor de vulnerabilidad estructural.

El 3 de enero puso a prueba la arquitectura de seguridad nacional bajo condiciones inéditas. La pérdida de un activo político-estratégico de la magnitud del presidente constitucional no puede leerse únicamente como el éxito táctico de una operación externa; debe examinarse como el resultado de una no-decisión interna.

La inacción radical militar ofrece un marco para distinguir entre lo que no se pudo hacer y lo que no se activó. Permite identificar fallos en la cadena de inteligencia y mando, evaluar disonancias entre doctrina y realidad operativa, y diseñar protocolos que eviten que la preparación en papel se desvanezca ante la urgencia del terreno.

Comprender este fenómeno es urgente. No para alimentar narrativas retrospectivas, sino para reconstruir los mecanismos de activación, clarificar los límites entre la hesitación política y el deber defensivo, y garantizar que la próxima vez que se cruce un umbral de amenaza, la respuesta dependa de sistemas vivos, claros y ejecutables.

La institucionalidad republicana y la supervivencia estratégica del Estado exigen que la lección del 3 de enero se traduzca en arquitectura operativa, no en justificación posterior.


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