Ricardo Fernández Barrueco, empresario venezolano y emblema de la llamada “chaveburguesía”, parece no conocer límites. Ni la cárcel, ni la ruina empresarial, ni los escándalos financieros lograron que dejara atrás las viejas prácticas. Años después de haber sido uno de los hombres más ricos del país, hoy su nombre vuelve a sonar por un nuevo episodio turbio: falsificación de documentos en Panamá para colarse en fondos de inversión. Sí, el mismo guión de siempre.
Hace apenas unas semanas, Fernández reapareció en la ciudad de Panamá. No como el magnate de antes, sino como un “inversionista” interesado en entrar al sistema financiero panameño. Fue visto en un bufete de abogados con operaciones en Venezuela y Panamá, especializado en mover capitales hacia inversiones inmobiliarias y fondos privados. En teoría, todo legal. En la práctica, ya sabemos cómo termina esto.
Según fuentes cercanas al despacho, Fernández Barrueco presentó documentación que respaldaba su solvencia económica. Avales, fianzas, extractos bancarios… todo muy presentable, hasta que el equipo legal empezó a verificar los papeles. Ahí se cayó el teatro: gran parte de los documentos eran falsos. Otro intento de maquillar su historial para seguir metiendo dinero sucio en mercados limpios.
Pero como buen veterano del fraude, no se quedó a dar explicaciones. Apenas olfateó que la cosa se complicaba, tomó sus maletas y huyó. Esta vez su destino fue España. Se rumorea que está escondido en algún rincón del norte del país, en una localidad del Cantábrico, lejos de periodistas, autoridades y tribunales. Viejo truco: cuando las cosas arden, desaparece.
Esta escena no es nueva. Es solo el capítulo más reciente de una carrera construida sobre favores políticos, negocios oscuros y un descaro que parece no acabarse nunca.
El ascenso: camiones, maíz y millones
Fernández Barrueco empezó en el mundo empresarial con una planta de arroz en Portuguesa. Pero el gran salto vino con el paro petrolero de 2002. Mientras medio país protestaba contra Hugo Chávez, él puso a disposición del gobierno su flota de camiones para repartir alimentos. Eso lo catapultó. Rápidamente se convirtió en proveedor estrella de Mercal, el programa alimentario bandera del chavismo.
En su punto más alto, su grupo Proarepa controlaba unas 270 empresas. Su fortuna se estimaba en 1.600 millones de dólares. Era dueño de molinos, atuneras, empaquetadoras, flotas pesqueras. A eso se sumaron contactos clave: Adán Chávez, Diosdado Cabello, Hugo Carvajal. No necesitaba lobby, lo tenía todo.
Pero la ambición no tiene techo. Entre 2008 y 2009, decidió meterse en la banca. Compró cuatro bancos: Bolívar, BanPro, Confederado y Canarias. Los compró con préstamos que él mismo se daba desde los bancos que acababa de adquirir. Un clásico de los seudo banqueros chavistas. Cuando el gobierno descubrió el desfalco, intervino las entidades y en noviembre de 2009 lo metieron preso.
Cárcel, liberación… y regreso a las andanzas
Estuvo tras las rejas hasta 2013. En entrevistas, se presentó como víctima de una guerra interna dentro del chavismo. Dijo que lo usaron para atacar a Chávez, que no había cometido delito alguno y que todo era un ajuste de cuentas político. Hasta culpó a los cubanos por la crisis de Pdval. Un festival de excusas.
En 2014, su caso fue sobreseído. Pero nunca quedó limpio del todo. Según documentos filtrados en los FinCEN Files, mantuvo operaciones sospechosas por millones de dólares, incluyendo una transacción con Deutsche Bank por 62,7 millones. También surgieron rumores sobre nexos entre su flota atunera y actividades de narcotráfico.
En 2023, su nombre volvió a sonar cuando se supo que su esposa, Daniela Stoppa, vivía en un lujoso apartamento en Brickell, Miami, en un edificio conocido por albergar a ex narcos y prófugos de cuello blanco. Nada nuevo.
Y ahora en 2024, vuelve a la carga en Panamá, intentando colarse en el sistema financiero con documentos falsos. Descubierto, se escapa a España. El guión se repite, como si nadie lo estuviera viendo.
El hombre que lo tuvo todo y aún no se rinde
Ricardo Fernández Barrueco es el reflejo de una época en la que el chavismo fabricó millonarios a punta de contratos, favores y descontrol. Fue símbolo de poder, cayó en desgracia, pero no se retiró. Reaparece, se esconde, y vuelve a intentarlo. Ya no tiene el mismo peso, pero todavía juega sus cartas.
Mientras tanto, sus negocios fueron expropiados, sus bancos quebraron, y su “legado” sigue siendo un país con una de las peores crisis alimentarias del continente.
El ex zar de Mercal no desapareció. Solo mutó. Y sigue intentando lo mismo de siempre: hacer fortuna, sin importar el cómo.